Vaya, ¡qué tiempos!

Vaya, ¡qué tiempos!

Ya por aquellos años, al comienzo de la década de los 80, percibía que la mayoría de las personas habían decidido dejar su naturaleza social para firmar para toda la vida como gregarios al son que les cantara la oligarquía política y su reparto de migajas. Pero aparentemente no había dictador, había muerto en la cama dejándonos su herencia camuflada y envenenada. La sociedad se descomponía y lo manifestaba en pequeños gestos, como el de enterrar a uno de los suyos a toda prisa. La verdad, el amor-verdad, una persona, ya no era nada y con ella se enterraba a sus atributos natos en vida.

Invitar a mi chica a subir en una moto quieta, imposible de viajar con ella porque no tenía ni rudas ni manillar, o escuchar un transistor sin pilas ni altavoz, era una gesta libertadora. Como esta misma canción. Cantar para huir del enjambre. Salirse de su estúpida y caprichosa trayectoria para amar-verdad y ser. Sobre todo, ser nosotros.

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